Cada vez estoy más convencido de que la susceptibilidad es uno de los peores virus que pueden atacar nuestro bienestar y equilibrio emocional. De hecho, creo que el mundo padece una plaga de susceptibilidad brutal… y lo jodido de la susceptibilidad es que como le insinues a alguien que lo ves susceptible te pueden mandar más allá de donde te concibieron, y así nos va, que a veces parece que nos respetamos cuando en realidad nos tememos (¡qué mercadeo socioemocional, oye!)…
…aunque la verdad, tampoco tengo personalmente ningún interés de ir por el mundo calibrando susceptibilidades y dando el informe correspondiente, salvo cuando por trabajo me lo encargan, algo que ocurre y que quizás sea lo que me lleva a escribir esta entrada.
Lo cierto es que tu susceptibilidad correlaciona positivamente con tu grado de permeabilidad emocional, o dicho de otra forma: cuanto más susceptible eres más expuesto estás a que tu pauta emocional te la marquen otras personas o las circunstancias que te rodeen… vamos, que entras al trapo sin pensarlo y con una facilidad pasmosa creyendo que estás defendiendo lo más sagrado e intocable del mundo, cuando en realidad lo único que estás haciendo es ceder el control de tus conductas y actitudes. Es cuando te ahogas vomitando tus propios argumentos, y es que la susceptibilidad ahoga.
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Sensibilidad no es susceptibilidad
Y es que una cosa es ser una persona sensible, o tener sensibilidad (en el sentido más sano y equilibrado de la palabra), y otra cosa es ser susceptible.
La sensibilidad genera conexión, con las personas y con las cosas. La sensibilidad nos puede abrir puertas hacia otras realidades que en un ejercicio de empatía las vivimos como nuestras, las hacemos nuestras y nos permiten vivirlas desde nosotros mismos. La sensibilidad genera actitudes de afecto o de rechazo, que nos permiten posicionarnos y decidir cómo queremos actuar frente a aquello a lo que somos sensibles. La sensibilidad es vida, puerta a la vida, fuente de feedback sobre nuestra percepción del mundo, las circunstancias y las personas. Sin sensibilidad probablemente no existiría la empatía, entendida en este caso como una habilidad social positiva.
La susceptibilidad, por el contrario, genera reacciones de defensa y ataque. La susceptibilidad te vende barato, te pone a merced de los comentarios, situaciones y contextos que entiendes como una agresión hacia ti, tus valores o tu identidad. Si tu sensibilidad te permite decidir y posicionarte, tu susceptibilidad es apasionadamente ciega y no solo se apodera de ti, si no que te entrega a quien tengas delante.
Ser sensible no es ser susceptible, igual que ser “emocional” no implica necesariamente ser “inteligentemente emocional”.
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¿Dónde tienes tu nivel de susceptibilidad?
Estaría bien que de vez en cuando nos parásemos a reflexionar sobre cuál es nuestro nivel de tolerancia hacia las cosas que no nos gustan, esas que nos fruncen el ceño y nos aprietan la mandíbula, y de qué manera expresamos ese rechazo. Porque no se trata de tener, como ya he dicho en otras ocasiones, una ‘barra libre emocional’ para cualquier cosa que se nos presente, nos guste o no. Si hay que cerrar la barra porque el cliente no nos gusta, pues la barra se cierra… pero lo que no podemos hacer es convertir a ese ‘cliente’ en el centro de nuestra vida auque sea por un momento y perder la noción de uno mismo en la discusión.
Otra cuestión sería qué cosas levantan tu susceptibilidad, porque tomar conciencia de ello también es una forma de autoconocimiento. Es más que interesante saber qué parte de ti es la que se siente atacada y a qué puñetas le estás dando tanta importancia, si es que la tuviera. También es significativo experimentar la sensación de “decicir que tál o cuál cosa ya no te van a ofender” simplemente porque has decidido que ya no te vas a sentir atacado por ello.
Y es que llega un momento, cuando ya te han dicho mil veces “me cago en tu padre”, que después de comprobar todas esas veces que efectivamente nadie a defecado sobre tu progenitor e incluso que ni siquiera hubo amago de hacerlo (según él te cuenta), que a la siguiente vez que te lo dicen el comentario se aligera, la ofensa se pierde en el aire y el ofensor se queda colgado sin respuesta y con la intención ahogada… porque no te olvides de esto: SIEMPRE TIENES LA POSIBILIDAD DE AHOGAR LAS INTENCIONES DE QUIEN QUIERA OFENDERTE, SIMPLEMENTE OBVIANDO LA OFENSA, es sano para ti y muy recomendable para desarrollar la autogestión.
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Hay muchas personas prisioneras de su susceptibilidad, igual que muchos grupos y organizaciones, prisioneros de las distintas susceptibilidades que confluyen en un mismo espacio. No creo que se trate de ser indolentes, no es eso, es simplemente una cuestión de madurez, de aceptar otras visiones, de decidir sobre tus propias emociones, de no aceptar lo que no te gusta pero tampoco dejarse llevar por ello.
… y es que no todo el mundo tiene siempre algo contra ti.
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