Tomar decisiones o gestionar indecisiones, esa es la cuestión. ¿Qué pasa por tu cabeza cuando tienes que tomar una decisión? ¿Qué tipo de decisiones son las que más trabajo cuestan dilucidar? ¿Por qué no siempre nos valen las listas de “los pros” y “los contras”?…, es más, ¿Por qué tomamos algunas decisiones con el eco interno de que no son las que más nos convienen? ¿Te has sentido alguna vez como el protagonista del siguiente vídeo?
…sí, es posible que esto te haya pasado en la cola del supermecardo ¿verdad?, y mientras sea en la cola del súper pues tiene un pase, la cuestión es que en la vida hay “muchas colas del súper” en las que actuamos de la misma manera, dejando escapar tiempo, recursos y oportunidades.
Son ya muchos estudios los que revelan que el proceso de toma de decisiones es fundamentalmente emocional. Es por ello que tratar “la cabeza” y el “corazón” por separado, como si fueran dos cosas independientes es inútil además de llevarnos a tomar decisiones que mal logran nuestras expectativas.
Lo queramos o no necesitamos conciliar nuestro corazón y nuestra cabeza, sí, lo sé, en ocasiones es complicado y parece algo absolutamente imposible, pero es que la alternativa de no hacerlo no es la mejor de las opciones: parálisis, bloqueo y que otras circunstancias y personas decidan por ti.
Primero: tomar decisiones es VALORAR opciones
Efectivamente, para decidir hay que valorar, y teniendo en cuenta la necesidad de conciliar razones y emociones el mejor criterio de valoración es el que marcan nuestros valores. Sí, otra vez los valores. Los valores son nuestros principios rectores, todos tenemos valores (de forma más o menos explícita) y es clave, esencial, que sepas cuáles son los valores que guían tu vida…, aquellos que están debajo de casi cualquier cosa que haces.
Haz explícito tus valores, toma conciencia de ellos y chequea cualquier decisión que tengas que tomar en función a ellos. Tendrás los mejores criterios para ti a la hora de tomar una decisión. Eso sí, primero tendrás que hacer un trabajo para saber cuáles son tus valores de verdad (que curiosamente no siempre son los primeros que se te vienen a la cabeza, esos normalmente te los dicta la razón en función a “lo que te gustaría escuchar”, lo que necesitas es preguntarle al corazón, no es fácil pero sí apasionante).
Valorar una decisión no es ponerla en una balanza, o utilizar el criterio de “me conviene/no me conviente” o “es bueno/es malo”, VALORAR una decisión significa ponerla en cuestión frente a tus valores (el mismo verbo te lo está diciendo).
Segundo: una decisión es una forma de compromiso
Por eso necesitamos que esta decisión esté ajustada a nuestros valores, porque será algo que nos comprometa (bien con nosotros mismos, bien con los demás).
Un compromiso cumplido es una forma de darle valor a tu palabra, un compromiso incumplido es una forma de devaluarla. Pregúntate ¿Qué tipo de compromiso generará mi decisión?¿Qué capacidad emocional y racional tengo para cumplirlo?
Tercero: decisiones y necesidades
Siguiendo a Peter Drucker, quien brillantemente nos daba referencias para afrontar nuestros procesos de toma decisiones, hay una serie de preguntas que nos pueden apoyar en nuestro arduo camino hacia la decisión:
¿Se trata de algo “general” en tu vida o de algo “excepcional”?, recuerda que lo general se resuelve con una regla y lo específico con una acción.
¿Qué debe lograr la decisión? qué te gustaría que la decisión te aportara, qué necesidades debe satisfacer esa decisión para que se ajuste a tus valores.
¿Sabrías diferenciar lo “casi correcto” de “lo probablemente incorrecto”?, obsesionarse con la “decisión correcta” puede ser una fuente de frustración presente inagotable… mejor distinguir “lo casi correcto” de “lo probablemente incorrecto”, ¿no serás de esas personas que quieren tener la certeza de su futuro escrita en un papel?
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Cuarto: convertir la decisión en acción
¿Puedes convertir tu decisión en una acción?, esto es esencial. Pregúntate qué pasos han de darse para hacer real la decisión, si puedes darlos, cuándo puedes darlos y qué necesitas para llevarlos a cabo.
Quinto: actúa en consecuencia (y aprende)
A veces tendrás la decisión y ganaras en seguridad, y otras tendrás la decisión y te seguirá acompañando el temor y la incertidumbre. Lo cierto es que una vez la decisión está tomada, solo queda llevarla acabo y esperar a la respuesta de la decisión.
Sí, la respuesta de la decisión es lo que la decisión te devuelve, tienes que poner atención, porque según lo que te devuelva lo más responsable es actuar en consecuencia y, de nuevo, en función a tus valores.
Todo esto no es ningua receta, son criterios, criterios que personalmente me han apoyado en la toma de algunas decisiones en mi vida, y que han apoyado a algunos clientes con los que he compartido estas estrategias.
Lo que sí tengo claro es que el proceso de toma de decisiones es esencialmente emocional, y que razón y emoción necesitan de puentes para actuar conectados en estas situaciones. También me queda clara la importancia de asumir los errores, las equivocaciones como algo necesario para descubrirnos y aprendernos. El riesgo es otro ingrediente que aparece en todo este proceso, y bien es cierto que en ocasiones o asumimos el riesgo de tomar algun decisión… o nos quedaremos bloqueados, o ya la tomarán por nosotros.








Me viene genial!,
qué oportuno eres!
Gracias a ti Gonzalo!!
Un saludo Gonzalo! y gracias por la lectura y buscarle utilidad a la entrada!